En el mismo Malí los éxitos militares franceses “han cercenado las capacidades operacionales” de los terroristas, señala Jean-Pierre Filiu, profesor del Instituto de Ciencias Políticas de París. Aun así la partida no está ganada. “Los yihadistas van a desarrollar una guerra de desgaste desde las zonas de difícil acceso en las que se han refugiado”, advierte Alaya Allani, profesor de la Universidad de Manouba en Túnez que acaba de regresar de una visita a Bamako.

El ‘yihadismo’ rebrota en el desierto

Contenido en Malí por el Ejército francés, el terrorismo de Al Qaeda y sus secuaces amenaza con resurgir en otros países de la región empezando por Libia, donde el Estado es el más débil y es incapaz de controlar sus fronteras


Una fotografía que muestra una iglesia católica atacada por yihadistas en Diabaly. / NIC BOTHMA (EFE)



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La presión de islamistas radicales obliga a las congregaciones a abandonar Libia. Es la cara oscura de la “primavera árabe” que para los pueblos de varios países norteafricanos ha supuesto, ante todo, gozar de un régimen de libertades inédito en su historia. Basta, por ejemplo, recordar lo difícil que era hace tres años escuchar las opiniones políticas de un tunecino de la calle y la desenvoltura con la que ahora se expresa ante el forastero de paso.
De Libia partió hace dos años la onda expansiva que impulsó a terroristas y tuareg radicales a apoderarse, hace once meses, de ese inmenso territorio del norte de Malí (830.000 kilómetros cuadrados) de cuyos núcleos urbanos fueron expulsados el mes pasado por las fuerzas de elite francesas. A Libia, y acaso a buena parte del Magreb, regresará ahora esa marea de violencia contenida en Malí.
En el mismo Malí los éxitos militares franceses “han cercenado las capacidades operacionales” de los terroristas, señala Jean-Pierre Filiu, profesor del Instituto de Ciencias Políticas de París. Aun así la partida no está ganada. “Los yihadistas van a desarrollar una guerra de desgaste desde las zonas de difícil acceso en las que se han refugiado”, advierte Alaya Allani, profesor de la Universidad de Manouba en Túnez que acaba de regresar de una visita a Bamako.
Pero los mayores nubarrones de ciernen sobre Libia. Tarek Mitri, enviado especial del secretario general de la ONU para Libia, expresó el martes su “temor” de que el conflicto maliense desborde sobre el vecino libio aunque no compartan una frontera entre ellos. Recordó los “lazos étnicos o ideológicos” entre los radicales que operan en ambos países. “La seguridad en el este de Libia representa un grave desafío (…)”, recalcó ante el Consejo de Seguridad. Aludía a un repliegue a Libia de los yihadistas hostigados en el norte de Malí.
Los primeros síntomas del descalabro están a la vista con la expulsión de los cristianos de Cirenaica; la voladura, el 26 de enero, de una iglesia en Dafniya en la que murieron dos egipcios coptos etcétera. Por algo las grandes potencias occidentales han pedido esta semana a sus ciudadanos que se marchen de Bengasi donde, según Londres, existe una amenaza “específica e inminente” similar a la que le costó la vida, en esa ciudad en septiembre pasado, a John Christopher Steven, embajador de EE UU en Libia.
En una de sus últimas declaraciones antes de ser derrocado Moamar el Gadafi, el dictador libio, advertía que si el caía “llegarán las gentes de Ben Laden (…)”. “Es evidente que la llamada “primavera árabe”, sobre todo la de Libia, ha tenido repercusiones negativas sobre la seguridad en Argelia y en el conjunto del Magreb y del Sahel”, señala Chafik Mesbah, que fue coronel en el Ejército argelino y ahora es politólogo.
Gadafi contaba con una legión islámica, formada por subsaharianos, “muchos de ellos terroristas potenciales que se han transformado en reales”, asegura Mesbah. En los meses previos a la caída del dictador “Libia se convirtió en un supermercado armamentístico en el que se compraban y se robaban armas con facilidad”, prosigue.
Los yihadistas de Malí se equiparon allí y por eso, en marzo pasado, pudieron lanzarse a la conquista del extenso territorio semidesértico. En la única entrevista que ha aceptado, en noviembre de 2011 a la agencia mauritana ANI, Mojtar Belmojtar, entonces uno de los jefes de Al Qaeda en el norte de Malí, lo reconocía: “Los combatientes han sido los grandes beneficiarios de las revoluciones en el mundo árabe (…)”. “(…) la adquisición de armamento en Libia fue algo natural”, agregó con franqueza.
A eso se añade la debilidad del Gobierno libio que no logra imponerse a las milicias armadas que ayudaron a acabar con Gadafi, pero no acatan el nuevo orden. Los grupos armados dominan regiones enteras y perpetran “graves actos de violencia en total impunidad”, denunciaba, el jueves, el informe anual de la ONG de derechos humanos Human Rights Watch.
La más extremista de todas las milicias es Ansar Sharia (Partidarios de la ley islámica) que jugó un papel, aun no del todo aclarado, en el mortífero asalto del Consulado de EE UU en Bengasi. “El reto de Libia es instaurar instituciones respetadas”, convertirse en un Estado, sostiene Hassan Arabi, profesor de la Universidad de Nador.
Trípoli tampoco logra vigilar sus 4.000 kilómetros de fronteras. “Milicianos armados se pasean a sus anchas por el desierto”, subraya Mesbah. Prueba de ello es que el comando terrorista que secuestró en enero a 790 empleados en la planta gasística argelina de In Amenas partió de Malí, penetró en Níger, cruzó Libia y entró en Argelia. Consciente de la gravedad del problema los ministros de Exteriores de la Unión Europea acordaron, el jueves, poner en marcha una misión civil para apoyar a Libia en el control de sus fronteras.
La ofensiva francesa en Malí y el consiguiente golpe terrorista de In Amenas han desatado todas las alarmas en el norte de África no solo porque demuestra la vulnerabilidad de los lindes geométricos trazados en el desierto sino por la composición multinacional del grupo asaltante. Sus jefes eran argelinos, empezando por Belmojtar que planificó la embestida desde su guarida maliense, pero los tunecinos -11 terroristas- eran los terroristas más numerosos. Los miembros egipcios ya habían participado, cuatro meses antes, en el ataque contra el Consulado de EE UU en Bengasi.
La toma de In Amenas incitó a reforzar las medidas de seguridad no solo en Argelia sino en todo el noroeste África. París envió, por ejemplo, a sus fuerzas especiales al norte de Níger para proteger las minas de uranio de Arlit donde Al Qaeda apresó, hace 29 meses, a cinco técnicos franceses; Túnez también desplegó el martes a sus tropas de elite en las instalaciones petroleras del sur; hasta Rabat decidió cerrar de noche sus puestos fronterizos con Mauritania. Y eso que Marruecos parece el país más impermeable a los sobresaltos que sacuden la región.
Aunque los argelinos se quejen sottovoce de los escasos esfuerzos de sus vecinos por vigilar sus fronteras ellos también “demuestran ser incapaces de ejercer un estrecho control sobre el conjunto de su territorio”, constata la investigadora Laurence Aïda Ammour, en un análisis que acaba de publicar en el CIDOB, un think tank de Barcelona. “Belmojtar ha atravesado estos últimos meses el sur de Argel sin ser interceptado”, insiste Filiu.
Este profesor, autor de Las Nueve vidas de Al Qaeda, lamenta que los partidos islamistas en el poder sean complacientes con los salafistas radicales porque soplan aires de libertad y porque esperan cosechar sus votos. “Fue un error excarcelar en Túnez a Seiffallah Ben Yacine”, el líder local de Ansar Sharia, “porque no era preso de conciencia”, señala. “Es un error no perseguir a los salafistas culpables de los incendios en Túnez de mausoleos de santones musulmanes sufíes” que se han multiplicado desde principios de año. Se deja así crecer un pernicioso caldo de cultivo.

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