Julian Flores Garcia Segurpricat

Julian Flores Garcia Segurpricat
Julian Flores Garcia Director Segurpricat

lunes, 4 de febrero de 2013

Dado lo obvio de la amenaza, Hollande se encontró con numerosos aplausos y, de momento, ningún pito. El éxito inicial, por supuesto, es decisivo. Todo el mundo quiere subirse al carro del vencedor. La cuestión que sigue abierta es lo que vendrá después. Los fanáticos se han refugiado en una zona montañosa, pero no se han ido.



Hollande, contra sus instintos y prejuicios, presionado por lo que se le venía encima en un área africana de fuerte influencia francesa, se arriesgó y envió sus tropas.
El riesgo era triple. En primer lugar, que la operación se quedase coja, por falta de medios, en su misma puesta en marcha. Necesitaba colaboraciones militares, sobre todo de los americanos, que son los únicos que tienen de todo, y se lanzó a la aventura sin habérselas asegurado. En segundo lugar, que no tuviera apoyo, pues los apoyos políticos, sobre todo domésticos pero también internacionales, son imprescindibles en una empresa de este tipo. Quizá el más grave fallo de inteligencia de la administración Bush en la guerra de Irak, no de información sino analítico, fue no prever la hostilidad internacional que iba a suscitar. Aquella reacción perjudicó enormemente el esfuerzo y alentó durante varios años a los terroristas, ensalzados por los medios internacionales como heroicos resistentes. En tercer lugar, existen demasiados ejemplos recientes como para pasar por alto que cualquier guerra, por muy del tipo relámpago que se pretenda, se puede empantanar indefinidamente. Que las guerras se saben cómo y cuándo se empiezan pero no cómo y cuándo se terminan es sabiduría popular de lo más común.
La Casa Blanca reaccionó con lentitud y renuencia, pretextando escrúpulos morales y jurídicos, porque se trataba de ayudar a un gobierno salido de un golpe de estado, cuando la realidad residía en la repugnancia de Obama a aceptar el papel de Estados Unidos como único garante de un cierto orden internacional, y eso a pesar de que un elemento central de la imagen de fortaleza exterior que exhibe ante sus ciudadanos es la contundencia de sus métodos en la guerra contra el terrorismo, que en aspectos clave acentúa la de los que provienen de su predecesor en el cargo. Algunos partidarios de Obama atribuyen también la tibieza americana en este asunto a la puesta en práctica de la estrategia preferida por la actual administración, con la que se topó en Libia: dirigir desde atrás: no sacar de inmediato las castañas del fuego a otros para forzarlos a comprometerse y sólo luego prestarles la ayuda indispensable, implicándose lo menos posible. Finalmente llegaron los grandes aviones de transporte, los de abastecimiento en vuelo para los cazas, los de vigilancia y otras formas de colaboración y Francia pudo completar el despliegue de sus dos mil quinientos hombres con todo su equipo, mientras vecinos de Mali están siendo ayudados a enviar refuerzos. Los británicos, que tienen acuerdos formales de colaboración militar con los franceses, aportan también su grano de arena, mientras otros amigos –España incluida– dan muestras de lo endebles que son hoy día las alianzas heredadas de la Guerra Fría, o incluso la más elemental solidaridad ante peligros que no dejan, con mayor o menor inmediatez, de concernirnos a todos.
Dado lo obvio de la amenaza, Hollande se encontró con numerosos aplausos y, de momento, ningún pito. El éxito inicial, por supuesto, es decisivo. Todo el mundo quiere subirse al carro del vencedor. La cuestión que sigue abierta es lo que vendrá después. Los fanáticos se han refugiado en una zona montañosa, pero no se han ido.
© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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