Julian Flores Garcia Segurpricat

Julian Flores Garcia Segurpricat
Julian Flores Garcia Director Segurpricat

martes, 1 de enero de 2013

Presidente de Brasil Dilma ha tenido la inteligencia, y acaso también la entereza, de no permitir la corrupción en su gobierno. Eso le ha dado apoyo popular y la posibilidad de ser reelegida presidenta en 2014. Debiera entender que también necesita al sector privado para reactivar a la economía. Porque por muy incorruptible que sea, va a necesitar una economía saludable para ser reelegida.


Editorial


A pesar del pobre desempeño económico de Brasil el año pasado, y sobre todo este año, la popularidad de la presidenta Dilma Rousseff sigue alta.

Esa alta popularidad se debe en gran medida a que Dilma ha tenido mano dura contra la corrupción. No le ha temblado la mano y ha llegado a despedir ministros por esa causa. Y ante el famoso juicio del “mensalao”, que básicamente enjuicia por corrupción a altos jerarcas de su propio partido, el PT, no ha tenido un solo gesto a favor de los culpables. Sólo ha defendido al ex presidente y su padre político, Lula, quien no ha sido acusado formalmente de ninguna ilegalidad.

La presidenta ha demostrado que entiende las leyes básicas de la economía de mercado. Pero pareciera no entender que el lucro -motivación de la iniciativa privada- es el motor de partida de la economía de mercado.


Pero la economía está gritando. Con las últimas cifras de crecimiento trimestral en 0,6%, la mitad de lo que el gobierno de Dilma esperaba, el país va a crecer no más del 1,5% este año, y con suerte llegará al 3% el próximo. El crecimiento durante los años de Lula se basó en promover el consumo, luego que la inflación quedó atrás y los bancos comenzaron a prestar plata a los consumidores. Hoy los consumidores están pagando esos préstamos por las cosas que compraron en años anteriores y ya no pueden seguir consumiendo mucho más, al tiempo que los commodities que exporta Brasil siguen altos, pero ya dejaron de subir de precio. El gobierno de Dilma ha decidido -con razón- que el crecimiento debe ahora sustentarse en el ahorro y la inversión, pero para que haya inversión hay que eliminar el famoso “costo Brasil”, un conjunto de leyes sociales y regulaciones administrativas, que sumadas a altos impuestos, crédito caro y sobrevaluación del real, encarecen enormemente hacer negocios en Brasil.
Para reactivar la economía, el Banco Central ha bajado las tasas de interés para seguir fomentando el crédito y estimular el consumo, mientras el gobierno ha bajado los impuestos a la venta de automóviles y otros productos, como la línea blanca.
Para estimular la inversión, Dilma ha reducido los impuestos de planilla a las empresas. Pero la inversión en el país ha seguido bajando -y sostenidamente, trimestre a trimestre-  desde la llegada de Dilma a la presidencia. Hoy la inversión en Brasil llega al 18,7% del PIB, contra el 30% que enorgullece al Perú y el 27% que ostentan Chile y Colombia.
La tasa de interés ya no se puede bajar ya mucho más -está dos puntos por encima de la inflación y la inflación ya ha comenzado a crecer- así que Dilma debiera dedicarse a reducir el costo Brasil por la vía de aliviar la carga tributaria de las empresas -modernizar las onerosas leyes laborales, por ejemplo, que dificultan los despidos y por lo tanto las contrataciones.
Las empresas extranjeras le tienen recelo a Brasil no sólo por las regulaciones restrictivas, sino también porque la intromisión del gobierno en la actividad privada es excesiva y puede ser aleatoria. Dilma, más que Lula, ha sido entrometida en jefe, tratando de hacer cosas como reducir por decreto las utilidades de bancos, empresas eléctricas y otras compañías.
La presidenta ha demostrado que entiende las leyes básicas de la economía de mercado. Pero pareciera no entender que el lucro -motivación de la iniciativa privada- es el motor de partida de la economía de mercado.
Dilma ha tenido la inteligencia, y acaso también la entereza, de no permitir la corrupción en su gobierno. Eso le ha dado apoyo popular y la posibilidad de ser reelegida presidenta en 2014. Debiera entender que también necesita al sector privado para reactivar a la economía. Porque por muy incorruptible que sea, va a necesitar una economía saludable para ser reelegida.