El Director de Seguridad y el Liderazgo Político (y IV)

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Suplemento Temático: Los nuevos retos del Director de Seguridad


Fuente: Belt Ibérica
Fecha: 27/03/12
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En la columna anterior indicábamos que íbamos a reflexionar sobre la “pasión y la inteligencia emocional”, siempre desde el punto de vista del liderazgo político, pensando en lo que puede ser de utilidad para el Director de Seguridad o cualquier miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y de las Fuerzas Armadas.
En primer lugar tendremos que interrogarnos sobre el concepto “pasión”. Aunque parezca una cuestión nimia, no lo es, porque todos los lectores deben tener la misma idea del significado de dicha palabra.
En los documentos OTAN existen los “term of reference” o términos de referencias, con los cuales se fijan lo que se quiere expresar con cada palabra significativa. Como curiosidad diremos que en el Tratado de Utrech, firmado en 1713 entre España e Inglaterra, como no se definieron previamente los conceptos, se ha traducido al inglés la “cesión de propiedad” de Felipe V a la reina Ana, por “cesión de soberanía”, cuestión que lleva coleando más de tres siglos. España expresa que entregó Gibraltar como se hace con una finca, es decir que la propiedad es del que compra, mientras que la soberanía queda en el propio Estado, mientras que para los británicos se cedió la soberanía sin aguas territoriales ni espacio de otro ámbito, lo cual es un sinsentido con respecto al concepto de “soberanía”. Si algún lector quiere profundizar en este tema de Gibraltar, puede consultar el documento “Gibraltar”, publicado en el número 619 de la revista Ejército (año 1991), en donde el autor de estas líneas compartió trabajo con los ilustres tratadistas militares: general Uxó Palasí y contralmirante Salgado Alba, conociendo que los razonamiento y conclusiones fueron empleados por los diplomáticos españoles en su pugna contra sus homónimos británicos.
Si tomamos el Diccionario de la Real Academia vemos que el concepto “pasión” tiene múltiples significados, por lo que consideraremos la acepción 5: Sentimiento, estado de ánimo o inclinación muy violentos, que perturban el ánimo; como el amor vehemente, el odio, la ira, los celos o un vicio. También en la 8 se indica: falta de ecuanimidad. ~ Apasionamiento.
No recogido por la RAE, pero si aceptado, cuando se une pasión con hablar: “Hablar con pasión” quiere expresar que se hace con verdadera convicción de lo que se  dice, conociendo perfectamente de lo que se está hablando y que se quiere transmitir de esta forma al interlocutor. Esta forma de hablar también se refiere a “hablar con ardor, intensidad, vehemencia o fogosidad”. Pero en todo ello siempre debe existir un equilibrio, porque si nos pasamos en el apasionamiento, en la vehemencia y en la intensidad, y encima nos estamos dirigiendo a una colectividad, fácilmente manipulable, estamos entrando en el terreno de la “excitación colectiva”, obligando a la “masa” que se abstraiga de su miedo individual y se aferre al conjunto para llevar a buen término lo que con tanto apasionamiento, vehemencia y credibilidad (aparente) está lanzando sobre ellos el líder político.
¡Cuántas veces las masas han explotado ante el mensaje incendiario de un líder político! ¡Cuántas veces las masas han incendiado, amenazado y matado por esa causa! No pongamos ejemplos, pero los hay a miles.
Desgraciadamente la Historia política no ha culpado de esos desmanes populares al o los líderes políticos y si ha habido alguna sentencia siempre ha sido menor.
En época de elecciones -­demasiados procesos hay en España y en cualquier país democrático cuando por razones económicas deberían refundirse en una, dos o tres, fechas y no cubrir el calendario anual con acontecimientos de esta índole-, en los mítines se emplea un lenguaje que nada tiene que ver con la ponderación, sino que se va simplemente a excitar a una colectividad para que se enfrente a los de las otras facciones ideológicas, llegándose por los miembros más radicales de cada de ellas al enfrentamiento violento, destrozándose el mobilario urbano, cebándose contra las fuerzas y cuerpos de seguridad que intentan frenar los desmanes, y en ocasiones, gracias a Dios que son contadas, directamente contra el opositor, por el mero hecho de serlo.
El líder político que ha generado esa violencia innecesaria se frota las manos satisfecho de que ha conseguido “presión en la calle” contra su oponente ideológico. Ejemplos los hay a diario, como la “tensión” para ganar las elecciones que le comentaba Rodríguez Zapatero a Gabilondo o viceversa; o las manifestaciones últimas contra la reforma laboral, clamando determinados líderes por la presión en la calle para pararla y echarla abajo, demostrando con ello su total incompetencia, cuando no han sabido trasladar su mensaje a la “masa silenciosa” para obtener su apoyo en las urnas.
Aunque parezca paradójico, siempre en menor medida, algo de esto puede pasar al director de seguridad, desde el momento que imparte una consigna a un vigilante o vigilantes de “impedir a toda costa”; “reducir cualquier altercado”, etc. Con tanta vehemencia que el subordinado “escuchante” lleva a cabo la misión que se le ha encomendado con violencia, sobrepasándose en sus cometidos, sin que le sirva de atenuante ante el juez el “ardor” con que se le ordenó cumplir su función. Casos de este tipo ha habido y seguramente habrá y de esta manera se han producido muertes y daños personales innecesarios.
En las fuerzas y cuerpos de seguridad y fuerzas armadas puede ocurrir algo similar, principalmente en unidades llamadas de “élite”. La Unidad de Intervención Policial (UNIPOL) de Santa Cruz de Tenerife, creada por el Ayuntamiento diferenciándola del resto del cuerpo de policía, le ha originado más de un quebradero de cabeza (al menos en años anteriores). Su carácter “resolutivo” contra cualquier alteración de la tranquilidad ha sido causa de denuncias, ¿se ha empleado mal el concepto de liderazgo político para esta unidad?
La “pasión” es buena, pero el líder político o no debe atemperarla con la “inteligencia emocional”.
En otra columna enunciábamos las características de la “inteligencia emocional”, según Daniel Goleman (página 65 de la edición de editorial Kairos, de Barcelona, 1996), en la cual se reflejaban unas capacidades individuales y otra la de “empatizar y confiar en los demás”, pero en definitiva el objetivo último de nuestra inteligencia emocional es “lograr dominar nuestras pasiones”.
Esta afirmación nos conduce a la reflexión que el líder político, al igual que cualquier otro, no puede dejarse llevar por su “pasión” y arrastrar a la perversión colectiva a una masa informe de personas, sino que debe sentir pasión en lo que dice, es decir ser convincente, tener propiedad en el planteamiento, exponerlo con ardor y vehemencia, pero al mismo tiempo limitar la pasión incontrolada de la “masa” a los justos límites de la razón.
Cuando se oyen unas declaraciones políticas de un perdedor que expresa: “lo que no hemos ganado en las urnas debemos conseguirlo en la calle”, es una muestra de que líderes políticos, en el concepto estricto de liderazgo hay muy pocos.
¿Fueron Hitler y Mussolini líderes políticos? En la reflexión de sus actos está la respuesta.
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